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1月28日 El miedo es la raiz de todas las guerrasMiles de miedos nos impiden experimentar nuestro linaje más íntimo: el Amor. Nos enrolamos en el ejército del miedo y sin piedad comenzamos una cruenta guerra civil en nuestro interior. Luego, proyectamos en el prójimo los frutos de esa guerra... ¡y él hace lo mismo con nosotros!
La guerra es ineludible cuando nos sentimos separados del resto de los seres; cuando no vemos a Dios en el prójimo; cuando no experimentamos Amor incondicional por amigos y enemigos.
Así, las cosas, la guerra se vuelve costumbre, ideología, cultura. Los políticos la justifican con mil razones; héroes e historiadores la convierten en "amor a la Patria"; algunas religiones la declaran santa; los científicos sociales afirman que es inevitable; la literatura la idealiza a través de la épica; los medios de comunicación la transforman en espectáculo.
La guerra es una sola –ese miedo que se deriva de creernos separados del resto de la Creación, del hecho de no sentirnos Uno con el Todo.
La guerra es una sola –esa creencia de que el "otro" puede aniquilarme, arrebatarme la Vida (don eterno del Amado).
Damos varios nombres a esa guerra solitaria: "esquizofrenia; Alzheimer" –cuando devasta nuestras mentes; "cáncer; gastritis" –cuando vulnera nuestros cuerpos; "gobierno; oposición" –cuando desgarramos un país en mitades irreconciliables; "amor a la nacionalidad" –al avasallar patrias vecinas; "aliados; eje del Mal" –cuando nos conflagramos en eventos bélicos.
Otros nombres: "Caracas-Magallanes", "River-Boca", "Real Madrid-Barcelona", –al alentar e insultar en el estadio; "ricos; pobres" –al ponderar la calidad del prójimo por la cantidad de sus bienes; "Primer, Tercer Mundo" –al calificar a las naciones según nuestros juicios, prejuicios; "ganadores; perdedores" –clasificaciones de los filósofos del deporte; "fieles; infieles" –frutos de amargas ortodoxias; "progreso" –cuando arrasamos hábitats y extinguimos a los seres vivos que los pueblan.
¡Parece que nunca es mala la ocasión para extender unos cuantos grados de separación entre nosotros y los demás!
Sí: para el ego que se juzga dividido del Uno y que se halla obsesionado con el miedo al Otro, la guerra es un inevitable estilo de vida. Porque cada juicio que haces del prójimo, cada pensamiento negativo en contra de tu semejante es un conato de guerra que generas en ti mismo (contra ti mismo).
Y no importa el tamaño de la guerra: un disgustito que germina en la mente; una confrontación entre policías y manifestantes; un lanzamiento de ojivas nucleares; los síntomas son idénticos: vemos enemigos donde no los hay, donde nunca los hubo… ¡y para abatirlos, hacemos uso de ese vasto arsenal llamado falta de Amor! 1月21日 Padre nuestro - version fidedignaOh, mi amado Espíritu Mi espíritu poderoso, El Omnipotente, Tú que estas lleno Del poder del Cielo y de la Tierra, Lléname con tu poder. Oh, mi Espíritu, lléname Con tu Reino manifiesto; Que yo sea un receptáculo Para revelar aquello Que es visible en la Tierra. Manifiesta para mí Mi alimento diario, De modo que yo viva Para reconocer mi culpa, Mi duda, mi pesar, y entonces, Ser conciente de la Verdad. Oh, poderoso Espíritu, No permitas que yo sea tentado. Protégeme de todo lo que pueda persuadirme. Y manifiesta a través de mí Al Dios divino. Así lo digo yo, Que así sea. Por la vida.
![]() 1月15日 El barquero incultoSe trataba de un joven erudito, arrogante y engreído. Para cruzar un caudaloso río de una a otra orilla tomó una barca. Silente y sumiso, el barquero comenzó a remar con diligencia. De repente, una bandada de aves surcó el cielo y el joven preguntó al barquero: --Buen hombre, ¿has estudiado la vida de las aves? --No, señor -repuso el barquero. --Entonces, amigo, has perdido la cuarta parte de tu vida.
Pasados unos minutos, la barca se deslizó junto a unas exóticas plantas que flotaban en las aguas del río. El joven preguntó al barquero: --Dime, barquero, ¿has estudiado botánica? --No, señor, no sé nada de plantas. --Pues debo decirte que has perdido la mitad de tu vida -comentó el petulante joven.
El barquero seguía remando pacientemente. El sol del mediodía se reflejaba luminosamente sobre las aguas del río. Entonces el joven preguntó: --Sin duda, barquero, llevas muchos años deslizándote por las aguas. Sabes, por cierto, algo de la naturaleza del agua? --No, señor, nada sé al respecto. No sé nada de estas aguas ni de otras. --¡Oh, amigo! -exclamó el joven-. De verdad que has perdido las tres cuartas partes de tu vida.
Súbitamente, la barca comenzó a hacer agua. No había forma de achicar tanta agua y la barca comenzó a hundirse. El barquero preguntó al joven: --Señor, ¿sabe nadar? --No -repuso el joven. --Pues me temo, señor, que has perdido toda tu vida.
El Maestro dice: No es a través del intelecto como se alcanza el Ser: el pensamiento no puede comprender al pensador y el conocimiento erudito no tiene nada que ver con la Sabiduría.
![]() 1月13日 El temorEl miedo es la emoción básica del ego –opuesta al Amor, la emoción de Dios: las demás emociones se derivan de ellas. El Amor nos hace libres. El miedo nos sume en abismos. Una es real y su hogar es el Reino de los Cielos (que late en cada ser del Universo). La otra: tan irreal como nuestras más sombrías pesadillas.
Solemos padecer de irrealidad. Uno de nuestros primeros aprendizajes es el temor a Dios, Padre-Madre de todo lo creado; luego, aprendemos temerles a nuestros padres terrenales; es de lo más normal que terminemos temiéndonos a nosotros mismos.
Nos da pánico saber quiénes somos en realidad. De allí se derivan paralizantes pensamientos: nos atemoriza hacer cosas equivocadas; recelamos de lo que el vecino, pareja o maleante de turno nos puedan hacer; tememos fracasar; nos amedrentan nuestros propios pensamientos (cuántos de ellos inconfesables); nos intimidan nuestros propios sueños y fantasías; nos da miedo que nuestros deseos se cumplan –y también que no se cumplan; nos aterroriza desarrollar nuestro propio poder personal –razón que nos impulsa a cedérselo a terceros (gurúes, políticos, jefes, amantes, parientes, adivinos).
Tememos el lado oscuro de nosotros mismos, esa región de nuestra psique llamada "inconsciente". Tememos el lado oscuro del "otro". Nos acobarda estar solos –también estar acompañados. Hasta nos asusta nuestra propia sombra proyectada por el farol de una solitaria calle nocturna.
Los adictos al telediario acumulamos múltiples miedos: nos achicopalan cosas tan variadas como el calentamiento global, las declaraciones del presidente en ejercicio, las predicciones del horóscopo, las epidemias y crisis bursátiles que cunden en países distantes; nos amilanan las subidas y bajadas de los precios petroleros, la derrota de nuestro equipo en el clásico del domingo y la inminente separación de nuestro grupo musical favorito.
Sufrimos miedos muy específicos: aterra saber que alimentos y vajillas son frecuentados por los insectos que habitan en nuestras alacenas; nos espanta la invisibilidad de los virus; nos espeluzna ser tocados por gente de color diferente; ¿estaba enferma la persona que nos precedió en el retrete del baño público?; pone la carne de gallina el sospechar que la taza de café en la que acabamos de posar nuestros labios no ha sido lavada en la cocina del bar.
Albergamos –incluso- miedos cósmicos: ¿cuánto falta para que vuelva a caer sobre el planeta un meteorito como el que extinguió a los dinosaurios? ¿Serán amigables u hostiles los alienígenas? Admito que mi hijito Juan Rodrigo y yo sentimos horror al enteramos, por History Channel, que La Vía Láctea y la galaxia de Andrómeda ¡chocarán dentro de cinco mil millones de años!
Nos aterra el paso del tiempo; nos horroriza el progresivo deterioro de nuestros cuerpos; nos estremecen las muertes de los seres queridos.
Le tememos a los fantasmas del pasado y del futuro.
Le tememos al éxito, al fracaso, a las novedades, a las rutinas, a los perros, a los gatos, a engordar, a no gustarle a los demás, a perder el empleo, a quedarnos calvos, a la intimidad, al sexo, a ser o no ser amados, al Amor…
Incluso, le tenemos miedo al miedo.
Le tememos, en general, al proceso de la Vida. Y por supuesto, le tememos al sueño que llamamos muerte.
Cada miedo es una barrera que nos impide experimentar el Amor.
Cada miedo es una defensa que erigimos para bloquear nuestra entrada a ese Reino de los Cielos que prospera justo dentro de nosotros mismos. Sin embargo, cada miedo es tan irreal como el ego que lo imaginó.
Por eso, afable lector o lectora, ten fe (¡mucha fe!): porque en medio del miedo, late aún la verdadera esencia el Amor. 1月5日 yo soy túEra un discípulo honesto. Moraba en su corazón el afán de perfeccionamiento. Un anochecer, cuando las chicharras quebraban el silencio de la tarde, acudió a la modesta casita de un yogui y llamó a la puerta. --¿Quién es? -preguntó el yogui. --Soy yo, respetado maestro. He venido para que me proporciones instrucción espiritual. --No estás lo suficientemente maduro -replicó el yogui sin abrir la puerta-. Retírate un año a una cueva y medita. Medita sin descanso. Luego, regresa y te daré instrucción. Al principio, el discípulo se desanimó, pero era un verdadero buscador, de esos que no ceden en su empeño y rastrean la verdad aun a riesgo de su vida. Así que obedeció al yogui. Buscó una cueva en la falda de la montaña y durante un año se sumió en meditación profunda. Aprendió a estar consigo mismo; se ejercitó en el Ser. Sobrevinieron las lluvias del monzón. Por ellas supo el discípulo que había transcurrido un año desde que llegara a la cueva. Abandonó la misma y se puso en marcha hacia la casita del maestro. Llamó a la puerta. --¿Quién es? -preguntó el yogui. --Soy tú -repuso el discípulo. --Si es así -dijo el yogui-, entra. No había lugar en esta casa para dos yoes.
El Maestro dice: “Más allá de la mente y el pensamiento está el SER. Y en el SER todos los seres” |
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